Era pequeña. Todos los domingos íbamos al pueblo de mi madre a comer paella en casa de mi abuela. Me acurrucaba en el asiento trasero del coche y me dormía. Y, hoy en día con 22 años ya, cuando vamos en el coche mis padres y yo, sigo acurrucándome (pero con el cinturón de seguridad puesto) y echando mi cabezadita.
Recuerdo cuando tenía 17 años. Todo el mundo estaba ansioso por cumplir la mayoría de edad para poder conducir un automóvil. Todos menos yo. No sé por qué no me atraía la idea. Me favoreció cumplir los años en pleno invierno. Con 18 años cumplidos estudiaba en Valencia. Y, sólo cuando me dejé la carrera, mi madre me pidió que me sacara el carné. No sé si no me lo saqué porque conocí a aquél primer chico maravilloso, o porque creía que el "autoescolero" me miraba con ojos lujuriosos. Pasé feliz en mi mundo sin coche hasta los 20 años. Edad en la que descubrí que si quería estudiar magisterio y el conservatorio a la vez, o inventaba una máquina teletransportadora o me sacaba el carné de coche. Y aprendí a conducir. Me costó una eternidad. Como no, el teórico a la primera, pero el práctico se me resistía. No comprendía por qué tenía que hacer una cosa u otra y, yo, necesito comprenderlo todo.
Ahora llevo dos años conduciendo. Para ir a Alicante en un principio y ahora para ir a trabajar. Y el coche de mi madre se convirtió en una herramienta que sólo uso yo, pero que no puedo personalizar porque no es mía. El coche de mi padre, un coche recién estrenado que no se fían en dejarme aún, lleva en la parte trasera un toro, símbolo que hace unos años no hubiera comprendido. Pero ahora, sabiendo que mis padres no son mucho de ver matar a los pobres animalitos, comprendo que es símbolo de sentirse español. Que no es que sentirse español yo crea que es malo, no señor. Lo que no entiendo es por qué tienen que sentirse españoles antes que valencianos. Porque nuestra cultura es la valenciana. Comprendo que de pequeños mamaron una dictadura en la que las culturas que no fueran la española eran menospreciadas y las intentaban erradicar, pero... ¿Hoy en día?
Yo no beso ninguna bandera. Pero mi lengua materna es el valenciano al que no llamo catalán. No soy una persona independentista y en ningún momento he dicho que no me sienta española. Lo que no quiero es que la cultura de mis antepasados muera por gente como mis padres. La cultura no es sólo una lengua, se compone de muchas más cosas. Y con ese toro, clavan un pequeño puñal a mis sentimientos.
Seguiré emocionándome al ver a Santa Maria Magdalena en procesión por las calles de mi pueblo, pese a ser agnóstica. Seguiré pensando que las fiestas, de momento, deban tener una excusa religiosa. La Iglesa se yergue en el punto más alto de mi pueblo como hace siglos. ¿Quién sabe si antes no fue una Mezquida? Seguiré recordando a Jaume I cada 9 de octubre como Conquistador de las tierras valencianas. Seguiré sintiendo como instrumentos de mi tierra a la dulzaina y al tabalet (aunque yo sea trompista) y también sintiendo que la agrupación por excelencia en mi tierra no es la orquesta sino la banda de música. Seguiré pensando que la mejor comida del mundo es la mediterránea, compuesta de carnes, pescados, verduras y arroz. Y seguiré deseando ver a mis montañas sin rastro de chalés. Y el olor a mar... soy mediterránea. Soy alicantina. Y soy española. (Hasta que en vez del 60 y pico % de residentes británicos en mi pueblo, se convierta en un 100% de la población, entonces quizá deba decir que me siento inglesa).
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