Os voy a contar una historia,
que sucedió mucho tiempo atrás,
permaneció intacta en mi memoria,
porque lo vivido, no se puede olvidar.
Cerrad los ojos e imaginad...
imaginad un corcel negro,
mancha blanca en el lomo,
montado por un caballero,
espada en el cincho.
Valiente, innato guerrero,
siempre al lado de los pobres,
no lo movía el dinero...
Iba de aldea en aldea,
ayudando con esmero
a todo aquél necesitado,
que hubiera bajo el cielo.
Un día llegó a mi poblado,
iba a por moras con un cesto,
bajo el brazo, ataviada
con mis ropajes viejos...
iba caminando entre los árboles
cuando se acercó un caballero
o, en ese instanté así lo creí...
bajó de su caballo, y en un momento,
me quiso desvestir, deshonrar...
Entonces llegó don Luís, experto
en el arte de la espada,
y con una mano liberó mi cuerpo
de aquél malvado que me quería violar...
Agradecida en la mano le di un beso,
lo invité a cenar, mas no aceptó.
Tenía que partir. Y unos sinceros
sentimientos hacia él latían
fuertemente entre mis senos.
Sus hazañas extendíanse por la comarca,
¡don Luís ha capturado un pendenciero!
¡A un bribón! ¡A un ladrón! las gentes,
comenzaban a amarle desde el respeto.
A su casa acudían todas las gentes,
para sobre sus problemas pedirle consejo,
parecíase al rey Salomón tan bueno su juicio.
Mas él a diario seguía con sus paseos,
encerrado en su casa no solucionaba
ninguno de los problemas de real mérito.
Bañábase una mañana en el lago,
la condesa Eulalia y su séquito,
de doncellas tiernas como juncos,
de blanca piel y brillantes cabellos.
Estábanse lavando entre las aguas,
improvisando un montón de juegos,
cuando unos zagales ansiosos de damas,
penetraron en el agua ardientes de deseo.
Las damas gritaban despavoridas,
los donceles las sujetaban por el pelo
intentaban sacarlas de las aguas,
más llegó don Luis, gran caballero,
y con unos espadazos al aire los asustó.
Tan sólo eran muchachos de pueblo,
que no sabían del arte de la espada.
Yo pasaba por allí y vi de lejos,
cómo la condesa Eulalia tras vestirse
dio las gracias al caballero
prometiéndole miles de diamantes,
a él, joven tan austero...
vi en sus ojos de ella el brillo
que sólo da el amor sincero.
Invitóle a su castillo a la comida,
y él hubo de aceptar por respeto
al padre de esta doncella, el conde.
Llegó don Luís con un escudero,
al hogar del conde y su hermosa hija,
éstos a don Luís con cariño recibieron
enseñaron los salones y pasillos
los ricos tapices de los aposentos,
las joyas que engalanaban a la joven,
hubieran dado de comer a muchos plebeyos,
don Luís pensando en eso estaba.
cuando la condesa intentó darle un beso,
de los que solo dan las mujeres casadas.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada